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La solidaridad y nuestros niños y niñas vulnerados


En el mes de la solidaridad que ya termina, en María Ayuda no podemos dejar de pensar en los rostros concretos de los niños, niñas y adolescentes que atendemos a lo largo de Chile. Son rostros que nos muestran muchas huellas de daños y sufrimientos en sus historias de vida, fruto de maltratos recibidos, de abandonos, de negligencias parentales, de abusos, pero sobre todo del daño de la ruptura del vínculo con sus familias, porque éstas no fueron el lugar protector para esos niños y deben abandonarlas por orden de un tribunal.

Los niños, niñas o adolescentes en situaciones como éstas, necesitan de la ayuda de muchos para salir adelante y sanar sus heridas. Necesitan sobre todo un espacio, que llamamos “hogares familiares”, lugares de protección, de cuidado, de amor y de solidaridad. Son lugares donde muchos de los que allí trabajan, tanto en forma permanente, o como colaboradores y voluntarios, quieren entregarles a ellos todo lo que esté en sus manos para que lo más pronto posible puedan volver a sus familias naturales. Allí se vive a fondo la solidaridad, no solo durante un mes, sino todos los días del año.

Una solidaridad a niños que son ajenos, que están allí solo por un tiempo, a veces mucho más de lo que quisiéramos, pero que en ese tiempo experimentan una adhesión o apoyo tan incondicional, tan gratuito, tan generoso, que pasan a ser parte de nosotros.  Esos hombres y mujeres solidarios, que han asumido esa causa como vocación de servicio y es sentido para sus vidas, sufren en diversas formas las consecuencias de cada crisis, de cada descompensación de salud mental, de cada intolerancia a las diversas frustraciones que experimentan los niños, por no lograr lo que quisieran en su corta edad. Sufren también las precariedades económicas, que solo es compensada porque trabajan allí con un espíritu y amor encomiable. Pero ellos saben que el sufrimiento de los niños es incomparable al de ellos. Por eso siguen allí apoyando sin claudicar.

Desde fuera también podemos adherir en forma concreta, también podemos ejercer la solidaridad personalizada con cada uno de ellos, o con el hogar en general. A veces es apadrinar afectiva, o económicamente, otras veces con un voluntariado, o también acompañar la vida después del egreso. Se trata de sacar adelante cada vida que no tuvo esa oportunidad que nosotros tuvimos.

Los invito a hacer vida en gestos y acciones concretas esta solidaridad, que es gratuita y siempre sin esperar nada a cambio. Quizás los niños nunca te digan una palabra de gratitud, pero Dios que ve en lo escondido nuestras acciones, te lo agradecerá y recompensará.